Πέμπτη, 25 Οκτωβρίου 2007

LA ESENCIALIDAD EN EL LENGUAJE (SOBRE LA LECTURA DEL NOMBRAR Y LA NECESIDAD EN LA SEGUNDA CONFERENCIA DE KRIPKE)

LA ESENCIALIDAD EN EL LENGUAJE


Dentro de las diversas cuestiones que ha tratado la filosofía, es la filosofía de lenguaje, que se ha desarrollado considerablemente en el último siglo, la que aparece actualmente como la solución idónea para tantos conflictos, ya sea especializados como hasta ordinarios es decir; a nivel ciencia y también de orden habitual, cotidiano. Al ser la comunicación, el intercambio de sensaciones y pensamientos, la forma en que podemos conocernos más los hombres, y difundir así nuestro mundo interno, con las palabras, y específicamente en las oraciones, en las sentencias; donde se haya la verdad o falsedad que emitimos, o intentamos concretar, el lenguaje mismo se muestra como material digno de análisis, pues hay ya ahí una pauta para comprender qué estamos diciendo realmente o qué es lo queremos decir con suma precisión. Evidentemente la realidad o la filosofía no puede reducirse al lenguaje, o al análisis lingüístico únicamente. No obstante ésta rama de la filosofía que se ha mezclado con la lógica, con la matemática y con diversos términos semejantes a otras ciencias fácticas, es útil en ciertos sentidos para comprender, o definir los problemas que se le presentan al científico y al hombre que vive para satisfacer su necesidades primarias.

Difícilmente el vecino de Juan, que trabaja 8 horas diarias en una oficina gubernamental o de negocios privada, se cuestionará sobre la extensión y la definición de los términos, o tal vez sí pero no de forma rigurosa, metódica, aplicada. Hemos visto que los filósofos del lenguaje discuten sobre el uso de términos especiales para las distintas ciencias, incluyendo a la filosofía, y también en la vida del día a día. Sería complicado hablar con tanta “propiedad” para los seres humanos. De hecho las diversas lenguas del globo terráqueo, ciertamente se fueron forjando por medio de particularizaciones lingüísticas, o de sentido y hasta de significado entre las etnias y esto hasta de una misma región, o en su defecto de un territorio colindante. No sabemos todavía a ciencia exacta de dónde salieron tantas y tantas lenguas, ni cuál fue con precisión la fuerza que impulsó al hombre a comunicar sus ideas. Lo que sí es claro, es que la lengua, o las lenguas en sí, se mantienen, como cada cosa en el mundo sensible; en continuo cambio, y por ello los sentidos y significados tornan de cultura en cultura, de región en región, a menos y esto es una finalidad apoyada en lo que las cosas son, que las definiciones se basen en sus propiedades, en su esencialidad.

Kripke habla de la accidentalidad y de la esencialidad que envuelve a los nombres propios. Es obvio que si definimos algo mediante cuestiones que no le son propias, sino momentáneas o meramente accidentales, nuestras nociones de aquello serán limitadas, y en efecto, probablemente erróneas. De esta manera hace acto de presencia una filosofía de carácter analítico e inquisidor, planteando qué es un problema y qué no. Si en general, todo problema es una pregunta racionalmente fundamentada, los problemas son en esencia interrogantes, ya sea asiduas o espontáneas, que se dan en el ser racional para colmar de un conocimiento determinado sus o su incógnita, particular o común, objetiva o subjetiva respectivamente. Para resolver lo que una cosa es se utilaza la abstracción, la metafísica. Para delinear la reilación entre las causas y los efectos, la lógica.

La lengua proviene de raíces, de una cadena que se trasmite de eslabón en eslabón, donde el sujeto ya no puede saber de dónde nació tal término, o quién lo propuso. Los nombres tales vienen del pasado, distinto a nuestro presente diverso, a nuestra cultura cambiante, impermanente y a nuestra lengua igualmente perecedera o mutable por lo menos. La compresión y la calidad de empatía inteligible de un individuo a otro se gesta desde las emociones más básicas y naturales hasta los tecnicismos más novedosos y esotéricos, o vedados para el vulgo. Cierto es que la ley de la razón nos esconde ocasionalmente las herramientas básicas del entendimiento más propio de la especie, a saber; la disposición a buscar, a disolver la incógnita de nuestra propia existencia. Entonces siempre que deseamos respondernos algo nos tendemos hacia el exterior hacia el mundo, el cosmos formado de letras, de palabras, de sentencias vanas y otras cuantas doctas.

Nuestros sentidos están para ser canal de contacto con la multiplicidad, con todo lo que puedo captar. El intelecto me da lo conceptual, es aquí en lo conceptual donde se reduce la vasta realidad a definiciones, a cimientos de necesidad, de constitución sustancial. Solamente trasladándonos mas allá de la fronteras del ejercicio hermenéutico, llegaremos a tocar los contornos de la espíteme, del conocimiento estructural, de la lógica formativa, norma de las leyes de un mundo, del mundo que sentimos, vemos, tocamos, degustamos, escuchamos, pensamos y concientizamos expansivamente, es decir, la proyección trascendente, dígase un horizonte ilimitado de posibilidad, en la conciencia del sujeto.

Por éstas razones todo instrumento conceptual es factor que busca regir siempre la norma de esencialidad, de mera necesidad. Podemos nombrar a las cosas como se nos antoje, pero para saber lo que son hay que husmear entre escombros, entre ilusiones, impermanencias en el objeto. No hallamos tampoco, lo nítido, lo neto, en la misma interioridad mental, en la accidentalidad de la existencia del sujeto. Sino que, sólo desde lo interno, desde la interioridad emotiva, sensible, se accede al entendimiento que rebasa la palabras, las acotaciones, las definiciones. Porque para comprender algo hay que dar un vistazo en que parte del todo encaja dicha “parte”, sea un mera definición, o la cosa en sí, a la que se le otorgo un nombre como desglose de sus propiedades, o sea, un nombre propio.
Roberto Fernando Tarratz Rodríguez

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