Τετάρτη, 24 Οκτωβρίου 2007

EL CARÁCTER DE LA CIENCIA QUE CIMENTÓ GALILEO

La disgregación entre el saber científico y el teológico, fue una característica medular en la edad moderna. Hay que tomar a consideración que no fue algo que se dio espontáneamente sino que venía proyectándose ya desde le edad media. En algunos pensadores medievales se fue marcando la tendencia a diferenciar entre lo que se presentaba como revelado y lo que podíamos conocer mediante la experiencia directa e inmediata, mediante la razón natural. El desarrollo de la técnica científica estuvo ligado al mismo periodo de fecundidad intelectual, y no sólo eso, estuvo como lo están hasta el día de hoy todas las ciencias, sujeto a la cultura. La filosofía es producto de la cultura y la misma reflexión alimenta al unisonó a toda institución que conforma a la sociedad, la que a su vez ostenta un determina cultura, un afán, un ímpetu, un impulso de acción, una forma de tomar las cosas, un cierto tipo de bienes, de bienes culturales, para ser más expresos una determinada jerarquización axiológica. Ahora, pues, las ideas que deambulan en una sociedad estable tarde o temprano pueden tomarse de su constante ir y venir por los aires y establecerse, para así predominar sobre estos bienes culturales, sociales, y de esta forma encaminar los pasos del conjunto del los individuos, o por lo menos de sector a sector, ya que los cambios, en su mayoría se dan paulatinamente. El cambio hacia la instrumentación, hacia el uso de aparatos para conocer con mayor precisión la realidad, no fue drástico, fue lento, necesito de asimilación. Evidente es que la instrumentación estuvo siempre en el hombre, se dio ya desde la antigüedad asiática, hasta en Oriente medio. Pero la elaboración y funcionalidad de herramientas para ampliar el saber en la Europa renacentista tuvo una aire diferente, un carácter peculiar, fue la que impulsaría no sólo la revolución industrial, la cual, acrecentó al sistema capitalista y que en un tiempo generaría la actual globalización, sino además sentó las bases en el método científico, y cimento un cierto paradigma sobre el proceder teorético-practico, del conocer humano, de las posibilidades instrumentales e innatas del conocer humano.

Son las ciencias las que nos brindad seguridad sobre los fenómenos reales, sobre el mundo de lo contingente. El saber científico dirige el avance de la civilización en cuanto a tecnología y confort. De primera instancia se puede uno percatar como lo pensadores renacentistas y modernos trataron de acoplar su filosofía a sus creencias, a sus formas de apreciación sobre la realidad. Llegar a la verdad es primordial para aquel que intenta hacer filosofía, pero en el trascurso del periplo es
difícil prescindir, de esos bienes culturales y más aun de la afecciones subjetivas, de lo que radica en el mundo interior del hombre, o sea del individuo, de su visón particular. Por ésta razón cuando se defiende que la palabra sagrada y el conocer experiencial no están peleados se está defendiendo ya una idea preconcebida, un bien cultural, entiéndase como una moral, un cierto sentir espiritual. Es que el hombre no sólo es pura materia, las ansias humanas van a lo absoluto a lo impalpable. El anhelo humano muchas veces es inefable, por lo menos así nos llega de primera intención, luego se pude racionalizar o sistematizar, compendiar, y asimilar tal situación definiéndola como espiritual. Las religiones del mundo coinciden con ciertos contendidos axiológicos en sus sistemas cosmológicos, a saber; valores que son como ramas de un mismo árbol. La humanidad tiene en sí la noción, en el inconsciente, de ciertas formas de conducta indispensables para la óptima convivencia y expresión desde lo interno hasta lo externo. El hombre es un ser de sentido, la razón busca siempre un punto hacia el cual andar. Por eso buscamos en el mundo empírico las bases para nuestra manera ideal de actuar, de vivir. Tal vez sería conveniente pensar más, en una ciencia que pueda comprobar aquel mundo de las esencias, en una especie de ciencia espiritual y en espiritualidad científica. En la simbiosis entre éstas dos ramas humanas radica un proceder que se traslada hacia lo ético, y no sólo para el hombre docto en las ciencias , en las especializaciones, sino en el público general, en los hombres que viven preguntándose cosas inmediatas, y no esas abstracciones que quedan designadas a los filósofos, que no son otra cosa, éstos últimos, que hombres que se comprometen con mayor rigor en resolver lo que a todos no incumbe, el sentido de las cosas, del proceder humano, de la vida, de la muerte, el sentido del reposo y de la acción en cualquier género que se le entienda. Aquella ciencia no es exclusiva del científico ordinario sino participante en todo aquel que se cuestione “cómo va el cielo”, y “cómo se va al cielo”. La ciencia debe entenderse holísticamente, como un todo donde hay muchas partes, como la limitación de un horizonte ilimitado. Por eso la ciencia y la fe no está separadas, son la misma cosa, son componentes de una misma realidad; la humana, y más allá ello; el hombre es componente de una realidad que tiene para ofrecernos cada día algo nuevo.
Roberto Fernando Tarratz Rodríguez

























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